Caerse y lastimarse como adulto, como niño. Una experiencia no tan lejana.

escalon colectivo

Ya estoy bien. Solo tengo que mantener el pie derecho en alto por una semana más. Nada de qué preocuparse. Pero mucho de qué aprender. Este es un artículo extraño en un EcoClub de pañales ecológicos, pero lo comparto porque tiene que ver con la ecología humana, con recuperar lo natural en los vínculos. Con criar en amor y respeto, en mutuo entendimiento.

Esta es la historia:

El sábado por la mañana quise llevar mi compu a arreglar al centrito de nuestra ciudad y dos de mis hijos vinieron conmigo. Al descender del colectivo el CPU que sostenía en mis manos me tapó el campo visual. Había un desnivel en la vereda, mi tobillo se torció y caí con todo el peso sobre la otra rodilla contra el suelo.

Lo único que supe en ese momento era que sentía un dolor apabullante en ambas piernas. Era como un fuego ensordecedor.

Mientras tanto…

La compu voló por el aire y aterrizó en la vereda.

El chofer se mantuvo a la espera.

Mis niños descendieron del colectivo.

El más chiquito lloraba.

El inspector comenzó a pelearse con una pasajera que al parecer quería defenderme.

Dos tipazos me tomaron de los brazos tratando de ponerme en pie.

Hubiera deseado que alguien confiable se me acercara y me hiciera sentir segura. Protegida. O al menos, estar sola, nadie a mi alrededor, sufrir mi dolor en paz. Pero tuve que reaccionar y responder, hablar y poner límites, proteger y consolar.

No me levanten, fue lo primero que pude decir. No puedo sostenerme en pie.

Ustedes dos, no discutan. (El inspector y la pasajera estaban emanando una energía emocional realmente desagradable justo arriba de mi cabeza y me perturbaba aun más).

Hijito, vení. Mami se lastimó pero voy a estar bien. ¿Querés sentarte a upa mio?

Necesité de una enorme energía, mucha experiencia de vida y un amor total para poder decir esas tres oraciones.

Lentamente el dolor recedió, mi buena amiga Catalina me pasó a buscar, me trajo a casa, me colocó crema de Árnica y una venda en el pie hinchado.

El tiempo y la paciencia hicieron el resto.  Como les decía, ya estoy bien, solo me queda reposar con el pie derecho y recordar. Mi corazón de madre, de educadora y emprendedora asociada a la primera infancia debe recordar.

Recordar a mis propios hijos y a todos los niños pequeñitos con quienes me relaciono de una u otra manera.

No te lo conté antes, pero tengo una ludoteca. La Casa Naranja (a mi se me da por poner nombres de colores a mis emprendimientos). Allí bebés y niños pequeños comparten su juego libre y espontáneo junto a otros niños, siendo los protagonistas de su propia iniciativa lúdica. Mientras mayor haya sido la posibilidad que tuvieron desde bebés de moverse en libertad y de crecer en un entorno seguro y amoroso menos tienden a lastimarse cuando se caen. Pero incluso siendo ese el caso, los niños pequeños se caen mucho más seguido que los adultos.

De vez en cuando tienen un accidente. Y algunas de estas veces, se lastiman.

Lo que yo me pregunto es: ¿Qué sucede cuando un niño pequeño se cae o llora?

Mientras nos aseguramos que no necesite atención primaria inmediata, ¿esperamos a que se sobreponga al dolor, brindándole un sostén cálido y permitiéndole que permanezca quieto donde cayó por el tiempo que necesite?

¿Acaso nos peleamos los padres en vez de asistir al niño lastimado? (“¿Dónde estabas? ¿Por qué dejaste que se lastimara? Me he visto a mi misma y a muchos otros padres reaccionando así, poniendo en primer lugar el miedo sin darnos cuenta que el niño caido se siente aun más estresado con esta reacción de parte de los adultos).

¿Es posible que neguemos su sentir cuando ante un golpe lloran o nos buscan pidiendo consuelo y les contestemos: “shhhhh, shhhhh”, “no fue nada”, “ya pasó”, “andá a jugar”? ¿Será acaso que si nos interesamos por lo que les pasó nosotros también sentiremos su dolor y por eso tantas veces lo invalidamos?

Yo elegí en medio del dolor reconfortar a mi hijito y lo hice con un gran amor. Pero, ¿acaso tienen los niños que consolar a los adultos?

Una semana después de la caída los nenes vinieron a jugar a La Casa Naranja. Les conté lo que me pasó en un modo sereno, usando pocas palabras, compartiendo mi vida con ellos.

Paulina (2 años) levantó su pantalón y me mostró una lastimadura en la rodilla. Me entendía bien.

Marcos (23 meses) dijo “PUM!” y se sostuvo con la manita la frente añadiendo sorround sound a mi relato.

“Cotivo Grande”, comentó Mily (2 años) brindando un sentido de las dimensiones.

Martín (20 meses) fue junto a su mamá y le contó toda la historia. Estaba narrando los hechos para el público general.

Lara dijo: “agua, agua”.
– Tenés sed?
– Sí, me respondió.

Mily se había ido a levantar una pelota blanda junto a Martín que ya jugaba con un tarro transparente.

La vida continuaba.

Le serví el agua a Lara mientras la gratitud se expandía en mi corazón.

Sentirse comprendido es un sentimiento tan maravilloso.

Y ellos me entendieron tan, pero bien. En verdad lo hicieron. Contaban con la experiencia suficiente para hacerlo.

Solo quisiera que cuando un niño chiquitito, que aún no puede hablar tanto, que aún no tiene tanta experiencia en la vida pero si una enorme empatía y un gran entendimiento, solo quisiera que cuando ellos se caen, cuando lloran, cuando se sienten desconcertados, apabullados, confundidos (incluso a veces por su propia impulsividad que solemos llamar “capricho”), quisiera que encontraran en nosotros una respuesta acorde a su verdadera necesidad. Que validáramos sus sentimientos, que respetáramos su corporalidad.

No me refiero a hacer una enorme alharaca por cada golpe ni a dejarse arrastrar con cada berrinche, sino a ponernos a disponibilidad, a validar su sentir, a respetar sus tiempos para procesar y recomponerse sabiendo que cuentan con nosotros.

Porque ante la vida y sus desafíos el amor y la empatía son la respuesta natural. 

Pañales y Protectores Mamarios GoGreen. Por una crianza natural, en todo sentido.

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